Odio de razas
Odio de razas Junto al fuego se hallaban repartidos por el suelo algunos instrumentos de trabajo, de hierro o de piedra. De uno de los postes pendía un anca de algún animal, y a su pie había un saco de harina y varias cajas y latas que, evidentemente, contenían provisiones de boca. Además, de estos objetos, había en el hagan dos lechos, uno a cada lado del fuego, próximos, a las paredes.
- ¿Cuál es tu lecho? -preguntó Marian.
- Éste - respondió Nophaie.
Y señaló con un gesto una manta india y una piel de cordero cuya parte lanuda miraba hacia el techo. Evidentemente, la primera era el abrigo de Nophaie, y la última, su colchón. Marian pensó en los duros: lechos de los es- partanos. De modo que ¡ allí dormía Nophaie! Marian hizo un esfuerzo con la, mirada y consiguió descubrir un viejo abrigo, una bolsa de piel con botones de plata y un gastado cuchillo de caza. En tal caso, aquéllas eran las posesiones de Nophaie, y aquél su hogan. Repentinamente, los ojos de Marian se llenaron de niebla y de picor. ¿A causa del acre humo de la madera y del pungente olor? Cualquiera que fuese su causa, Marian comprendió que no podría permanecer en aquel interior durante mucho tiempo. Ni pudo, tampoco, articular una sola palabra referente a sus emociones o sus impresiones.
- Duermo con frecuencia al pie del cedro; pero Maahesenie no quiere que lo haga -dijo Nophaie.
- Vamos a ver tu rebaño -contestó, Marian.