Odio de razas

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Verdaderamente sugeridoras eran tales palabras, que hicieron que Marian comenzase a entrever el problema que ante ella se erguía.

- Ya he descansado -dijo al mismo tiempo que se levantaba -. Llévame a ver tu hogan y a Maah… ¿cómo dijiste que se llama?

Más allá del arroyo, a un centenar de metros, en un espacio abierto de terreno alto y despejado, se elevaba un montón de tierra roja, de forma parecida a la de las col-menas, del centro de cuyo redondo tejado brotaba una columna de humo azul. Cuando se encontró a corta distancia, Marian vio que la tierra había sido enlucida prietamente sobre una armadura de madera. La abierta puerta daba frente al Este.

Nophaie comenzó a hablar en su lengua india, a decir algo que Marian comprendió que sería ceremonioso e indicativo de la importancia que revestía aquel acto de permitirle la entrada. Un fuego en rescoldos ardía en el centro de la estancia llamada hogan, y el humo semejaba flotar y girar una y otra vez antes, de huir por el orificio abierto en el techo. Este techo era una maravilla de ingenio y de habilidad. Estaba construido de pesados troncos de cedros plantados en el terreno y que formaban el soporte de las muchas ramas gruesas que constituían una especie de red cóncava que soportaba la cobertura de tierra roja. ¡Cuán fuerte y sólida era aquella construcción india.


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