Odio de razas

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Haciendo una profunda aspiración de aire e inclinándose, Nophaie rodeó la piedra con los brazos, se enderezó y la levantó. Luego avanzó unos pasos. Y entonces, el enorme peso tiró de él hacia abajo, le forzó a soltar la presión y lo dejó sudoroso y con pecho agitado por la respiración. Nophaie contempló amargamente aquella prueba de la fortaleza india y recordó desdeñosamente sus triunfos como jugador de rugby… Las hazañas tan celebradas por sus compañeros; blancos. Cualquiera de los jóvenes del desierto era tan fuerte como él. Y comparado con los hombres de la tribu de los Nopah, Nophaie era casi un pigmeo. Maahenesie, en, los albores de su juventud, había levantado aquella misma piedra hasta su espalda y la, había transportado más de un centenar de pasos.

Nophaie continuó el camino pensando en Benow di cleash y observando el cambiante panorama. Repentinamente, su caballo, al dar vuelta ante un ancho cedro, se dirigió hacia un monumento.

Nophaie había visto frecuentemente aquel montón de piedras, pero jamás se había detenido ante él, aun, cuando tuviera un significado especial. Siempre que un indio pasaba por allí para ir a cazar o a realizar alguna diligencia peligrosa, recogía una ramita del cedro, le colocaba en el monumento, ponía una piedra sobre ella y recitaba una plegaria.


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