Odio de razas
Odio de razas El joven cedió al instinto que le impulsó a arrancar una ramita del árbol, añadió su piedra al monumento y entonó una oración. La idea le pareció hermosa. Nophaie era el jefe indio que se dirigía a realizar una empresa peligrosa. ¡El sueño…, la fantasía…, la fe del piel roja…! Pero era inútil su sencilla e instintiva renuncia al conocimiento de los blancos que relampagueó rápidamente ante él para revelarle la verdad. Su misión consistía en salvar el alma de Gekin Yashi. Y llegaría demasiado tarde o, si no demasiado tarde, en tiempo en que solamente le sería posible aplazar una tragedia que era tan inevitable como la vida.
Ocho horas de continuo cabalgar a través del campo lo llevaron a la crea de la gran meseta, desde la cual las hileras verdes de los álamos señalaban la situación de Mesa. Muy lejos estaba de ser aquella zona como las tierras altas y herbosas que rodeaban a Nothis Ahn. Un desierto arenoso y amarillento, salpicado de un pálido verdor y manchado por líneas de rocas azules, se extendía y alejaba en tres direcciones diferentes. Unos velos caliginosos se elevaban ondulantemente de la arena y del humo; y unas nubes cremosas y blancas rodeaban a lo largo de la oscura raya del horizonte.