Odio de razas

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Unas rocas labradas por el viento marcaban el punto de cita que Nophaie y Marian habían escogido. Había a su pie una sombra fresca, y las rocas proporcionaban abrigo contra la lluvia o la arena que el viento transportaba; y, además, ofrecían un punto favorable a la. vigilancia. Marian no se encontraba allí, ni tampoco su blanco caballo mesteño. Era alrededor de media tarde, quizá demasiado temprano para Marian. En consecuencia, Nophaie se dispuso a esperar.

Al cabo de cierto tiempo, su vigilia fue recompensada por la visión de un caballo blanco que salía del verdor y se dirigía hacia el lugar en que Nophaie se hallaba. Nophaie no cesó de observar a Marian en tanto que esta se acercaba. La joven había aprendido a instalarse en la silla al modo de los indios. Nophaie sintió que las sombras se borraban de su alma, que las dudas desaparecían de su imaginación. Siempre le llenaba de alientos la vista de ella. Marian era, a cada momento más, la prueba viviente de muchas cosas; de la verdad del amor y de la lealtad; de la nobleza de las mujeres blancas; de que la importancia de la vida era digna de ser gozada por todos los seres humanos; del la extraña conciencia de alegría que origina la resistencia al mal, que nace de la lucha en favor de los demás, de un algo indefinible y esperanzador; profundo y místico.


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