Odio de razas
Odio de razas Cuando el tren se aproximaba a la ciudad occidental a que se dirigían, Marian Wamer comprobó que su viaje no era un sueño, sino el primer acto de la libertad que había anhelado, el primer paso de su única y gran aventura. Toda la excitación y la audacia y la emoción que había gozada hasta entonces. parecieron inflamarse hasta convertirse en un terror emocionante.
Habían pasado largos días de viaje desde el momento en que subió al tren en Filadelfia. Los rostros de sus amigas, de, su tía, de las pocas personas que la querían se oscurecían como si cada giro de las ruedas debilitase los recuerdos al mismo tiempo que acortaba las millas. Muy poco había sospechado ella misma del modo de que se había lanzado a la ventura. Pepa hasta el último momento había podido conservar su secreto.
