Odio de razas
Odio de razas En un punto dejado atrás en el recorrido, en el lugar en que cruzo la lÃnea que separaba aquel desierto Estado en que se hallaba, Marian se habÃa dado cuenta de un despertar de sus sentimientos, adormecidos por espacio de mucho tiempo. Las primeras visiones del amarillento verde del desierto, ¿habÃan agitado su corazón? ¿Qué impresión le producÃan aquellas lÃneas de riscos rojos y amarillos que le parecÃan increÃbles? Profunda y vaga fuá la emoción que en ella provocaron. Era el mes de abril, y las nubes tenÃan un color grisáceo; las hierbas se inclinaban hacia tierra por efecto del viento; nubes de polvo se elevaban en cÃrculos y se convertÃan en remolinos amarillos. ¡Aquella tierra era, en verdad, cruda, inhospitalaria! Su grandeza comenzó a estremecerla y asombrarla. Millas y millas de aridez, rocas, llanuras grises, montañas negras en la lejanÃa… y nuevamente aquellos altos riscos de roja roca. Muy pocos ranchos, y muy separados unos de otros. Y las accidentales manadas de ganado parecÃan perdidas en la inmensidad. Marian aguzó la mirada en busca de caballos y jinetes, en busca de los relámpagos blancos que eran los indios cuando cabalgaban sus mesteños; pero nada de esto pudo descubrir.
Luego, como en otras muchas ocasiones durante el largo viaje, recurrió a la carta que la habÃa determinado dirigirse al Oeste: