Odio de razas
Odio de razas Nophaie se puso en marcha en compañía de Gekin Yashi, en dirección al Norte, fuera de los caminas, ocultando lo mejor que pudo sus huellas, investigando en torno a sí en busca de jinetes indios, de dos que no deseaba ser visto. Cuando llegó el anochecer, se dirigió al hogan de un Nopah en quien tenía seguridad de que podía confiar. Al día siguiente, las negras estribaciones de Nothsis Ahn se dibujaron en el horizonte. Gekin Yashi pudo recobrar la calma de modo gradual, y comenzó a hablar con Nophaie. De este modo, Nophaie tuvo ocasión de estudiar el efecto de las enseñanzas de las escuelas gubernamentales sobre una niña india. La mayoría de lo que Gekin Yashi había aprendido era bueno. Una parte de ello era mala. Cuando Gekin Yashi regresase a su hogan y se casase y tuviera hijos propios, tanto ella como ellos habían de disfrutar de mayor felicidad! y de ser mejores a causa de las enseñanzas que había recibido. Nophaie, pensaba que así habría de suceder… con tal de que la joven pudiera volver a adaptarse a las costumbres y modos de vida indios. A la larga, muchos indios ilustrados, hombres o mujeres, se opondrían a la suciedad y a la indiferencia que era propia de sus antepasados. Nophaie experimentó una suerte de satisfacción al llegar a esta conclusión. La ilustración era buena para los jóvenes indios. La mácula del sistema en aquel casa particular y la culpa del, mal que se infligía a las jóvenes indias eran debidas a las per- sonas que disfrutaban de autoridad. La mujer de sencilla imaginación, la adorable joven india, de instintos primitivos y sin la defensa de una ley moral, era solamente el botín de las bestias de los hombres blancos. La raza blanca y la raza roja no podían mezclarse. Si el hombre rojo era noble por naturaleza, si era un soñador, un luchador contra enemigos imaginarios, un guerrera contra los guerreros de otras, tribus, un ser que no había sido destinado para gozar de la civilización, entonces, el hombre blanco se encontraba un peldaño más arriba que el rojo en lo que se refería a evolución, más allá del estado de barbarie, sustentado por un progreso material del mundo; era egoísta e intelectual, más- pagana que los indios y se encontraba en la pendiente de una decidencia tan inevitable como la propia Naturaleza. Pues Nophaie veía claramente que la Naturaleza era la gran ley. Los indios, aun los que se hallaban en estado de barbarie, se encontraban más próximos a la perfección que la Naturaleza perseguía de modo inescrutable. El individuo debe morir para que la especie pueda sobrevivir. El ideal de la Naturaleza se cifra en la fortaleza, en la virilidad, en la vida larga, todo ello físico. Si la Naturaleza es Dios, entonces la inmortalidad del hombre descansa en sus retoños. ¡Cuán amargamente llevaban a Nophaie sus pensamientos a la conclusión de que era un infiel!