Odio de razas

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La noche sorprendió a Nophaie en la cresta de la gran pendiente que conducía a las tierras altas. El jinete había seguido un atajo desde Shibbet toa, en dirección al Oeste y a los campos de Etenia. Su caballo estaba cansado. Nophaie lo dejó en libertad e hizo su lecho bajo las extendidas ramas de un frondoso cedro. Como cena, comió el, maíz y la carne que le dieron en el último hogan que había visitado.

Todo cuanto había en él legítimamente indio latía con su sangre y llenaba de excitación su alma cuando se hallaba en la soledad. Estaba a muchas millas de distancia de cualquiera de los caminos que hasta entonces había seguido. Solamente la vista de Nothsis Ahn podría ser- virle de orientación. Se hallaba perdido en el desierto; según le decía su razonamiento de hombre blanco; pero su naturaleza india le indicaba que no podría perderse jamás. Y se tumbó sobre las ramas caídas de los cedros, con la silla bajo la cabeza, con el cuerpo cubierto por una manta, y miró las:blancas estrellas. El silencio del desierto era absoluto. No se producía ningún sonido, no había mas vida que el aliento de la Naturaleza, el penetrante poder de un espíritu invisible que aleteaba sobre todo, se posaba en las rocas y flotaba en la fragancia de la salvia.



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