Odio de razas
Odio de razas Nophaie estuvo tumbado durante mucho tiempo, con los absortos sentidos propios de los indios sumidos en la profunda capacidad de una ausencia total de pensamientos. No pensaba. Sentía. Poseía aquel legado indio que es desconocido de los hombres blancos. Aun cuando no pudo expresarlo ni percibirlo por medió del pensamiento, se encontró inexpresablemente feliz mientras duró aquella especie de trance. Veía la vasta cúpula del cielo, cuajada de estrellas, que se extendía sobre él, sin límites ni confines, solamente interrumpida por la línea del horizonte. Veía las estrellas fugaces que resplandecían al cruzar dos cielos. Veía a través de las infinitas profundidades que se abrían sobre él. Veía la sombra de los cedros ante el espacio; y la gris oscuridad de la yuca, y las difusas colinas, espectrales, como colinas en. el, alba de la tierra. Aspiraba el olor seco de los pinos, de las hojas muertas que reposaban en el suelo, de los cedros, el de los topos ocultos en agujeros del polvoriento terreno, la fragancia de la salvia, el débil aroma de lluvia que se suspendía en el aire inmóvil y que procedía de una lejana tormenta, el olor a caballo de la silla, el calor de su cuerpo. Gustaba el aliento de las cosas vivas y de las cosas muertas del desierto, todo ello misteriosamente encarnado en los trozos de hojas secas y de salvia que inconscientemente masticaba. Sus oídos absorbían los sonidos del silencio, el bajo y sordo zumbido de la Naturaleza, que podría ser el batir de su sangre al correr por las venas. Y percibía la inmor- talidad que le rodeaba, el eslabón que unía su cuerpo vivo con el polvo de los huesos de sus antecesores; percibía la vida que había a su torno y que se concretaba en los bosques y en las piedras, en las+ sombras de la noche, en la mística y confusa lejanía; y percibía, también, la vastedad de la tierra que estaba bajo él, el inconmensurable vacío que se tendía encima, todo ello como partes integrantes de su propio ser.