Odio de razas

Odio de razas

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Los misioneros y otras personas de piel, blanca nacidas para una vida de civilización y comodidades se reunían acá y allá en pequeñas comunidades, en diversos lugares del desierto. Trabajaban u holgaban, según les dictase su temperamento, pero vivían. E inconscientemente se veían afectados por el ambiente. El desierto era bravío, abierto, solitario, vasto, libre, voraz y violento, duro y cruel, ineludible como la misma Naturaleza. El sol no respetaba a los que vivían en lugares que no habían sido creados para ellos. En invierno y en verano, la cruda luz y el resplandor del sol eran terribles. No estaban hechos para ser soportados por gentes de piel blanca. Por lo menos, el dios de los indios no creó blancos a dos hombres que habían de poblar el desierto. Los beduinos, los guachas y los in- dios tenían oscuros los rostros; el pigmento de su piel había sido creado para que resistiese los efectos del sal. El calor era asfixiante por espacio de meses y más meses y ejercía unos efectos incalculables sobre la sangre y el cerebro. En la primavera soplaba el simún, vientos veloces que transportaban muros de arena, durante días y días, y que irritaban los ojos y las almas de los blancos. Las tormentas eran iracundas, repentinas, violentas como la naturaleza del desierto.




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