Odio de razas
Odio de razas Morgan se levantó al cabo de unos instantes y se aproximó a la abierta ventana. La brisa de la mañana septembrina tenia en su aroma- una vaga insinuación de hielo derretido. El verano moría. En la huerta habían aparecido ya los tonos bronceados y dorados del otoño. Pero, en la lejanía, el desierto parecía tan inmutable como interminable era. Aquella ancha extensión verdosa y amarillenta, con las líneas oscuras y accidentadas de los desfiladeros, con los acres y más acres de roca y arcilla, semejaba una carrera circundante. A Morgan no le atraían los espacios descubiertos.
Su primer visitante de aquella mañana fue Jay Lord. Entró con las gruesas botas, caminando perezosamente, sin despojarse del sombrero ni retirarse el cigarrillo de los labios. En su faz se dibujaba la máscara de una sonrisa. Su empolvado traje indicaba que había realizado un reciente viaje.
- ¡Buenos días, Morgan! dijo- Vine anoche. Todavía no he visto a Blucher." Quería verle antes a usted. -¿Ha averiguado usted algo? - preguntó.
- Pues… sí y no -contestó, Jay -. No he podido adquirir las pruebas que desea Blucher. Esos diablos! de Pahutes son muy reservados. Pero tengo la impresión de que el injún Nophaie tiene mucho que ver con la desaparición de Gekin Yashi.