Odio de razas
Odio de razas Morgan guardó varias cartas en el cajón de su mesa y lo cerro.
- Tengo el Libro Antiguo a mis espaldas-murmuró con una nota de silbante alborozo en la voz.
Reunió cierta cantidad de hojas escritas a máquina, todas manchadas, todas con la sucia marca de los pulgares de oros indios estampada al pie, las colocó en un sobre, lo selló, escribió la dirección y lo guardó en uno de sus bolsillos con el fin de entregárselo personalmente al indio portador del correo. Morgan jamás confiaba ninguna de sus comunicaciones al despacho de correos de Mesa. Después de meditar durante unos instantes en tanto que tamborileaba, con las puntas de los dedos en el tablero de la mesa, adquirió una expresión, de intensa preocupación. Los pliegues de la frente se le fruncieron más que de ordinario.
Su oficina estaba situada junto a la capilla en que predicaba a los indios. No era una estancia austera ni severa. El color y las comodidades se advertían por doquier. Había en la habitación una elocuente ausencia de todo 1o que tuviera estilo indio. El estudio poseía dos puertas, una de las cuales se abría al saloncito de la casa, y la otra al pórtico posterior.
