Odio de razas
Odio de razas No sería improbable que esta nefasta influencia fuese la causa más importante del mal que los hombres blancos hacían a los indios. Dondequiera que los blancos hubieran estado durante su existencia en el mundo civilizado, cuando llegaban a los terrenos incultos se encontraban en contacto con la vida en su aspecto más crudo. Y reaccionaban sutilmente.
La joven india del desierto era singular y lastimosamente vulnerable. Era una mujer primitiva. Todavía poseía los instintos del salvaje. Su religión no la conducía al fingimiento, no le proporcionaba esa protección que es universal en las mujeres blancas. Su padre, acaso, era polígamo. Su madre no la enseñó a frenar los instintos. No había observancia estricta de ninguna ley moral en las tribus. La joven india no pensaba el mal, porque sabía que pensar el mal equivalía a hacer el mal. Era tímida, soñadora, pasiva, aunque estuviera llena de un latente fuego, inocente como un animal y verdaderamente parecida a ellos. Su imaginación era un depósito de leyendas y conocimientos, vulgares, de música y poesía, de ensalmos dé doncella; pero su sangre era roja y cálida, y ella era solamente una hija de los elementos.