Odio de razas
Odio de razas El superintendente le miró con fijeza. En realidad, aquella entrevista no era enteramente fastidiosa.
- Y eso, ¿qué tiene que ver con la cuestión?
- ¡Tiene muchísimo que ver! -replicó Morgan-. Yo mismo confié a la señorita Herron la responsable obligación de cuidar del bienestar moral de las muchachas indias.
- ¡Bah! Morgan, ¿no puede usted llamar a las cosas por su verdadero nombre, al menos cuando habla conmigo? - preguntó Blucher -. Lo que quiere decir es que tal matrona fue nombrada por usted mismo. Por lo tanto, está obligada a responder ante usted de sus actos. Ante usted, sí,. ante usted es responsable del bienestar moral de las jóvenes indias… y de que usted se halle perfectamente informado de cuanto suceda.
Morgan hizo un gesto que semejaba expresar que las palabras de Blucher eran como el sánscrito para él.
- No puedo demostrar nada en contra de la señorita Herron -continuó Blucher-; de modo que no es preciso que explique las razones que me inducen: a creer lo que creo.
- Sí es preciso - replicó. Morgan vivamente-. Yo soy responsable de los actos de la señorita Herron. Y una sola palabra que se diga contra ella deberá estar respaldada por los hechos.