Odio de razas

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¡Cuánta curiosidad experimentó Marian! Había un extraño dolor en el recuerdo de aquella sensación primera. Sus ojos se posaron sobre un atleta alto que llevaba la cabeza descubierta, de constitución esbelta aunque fuerte, ancho de hombros y de pecho. Tenía el rostro, oscuro y el cabello tan negro como el carbón. Era guapo y atractivo, y, sin embargo, no fue solamente su presencia física lo que llamó la, atención a Marian. Marian era lo que se llama una muchacha moderna, y había presenciado muchos encuentros entre jóvenes estudiantes. Cuando se hallaba en acción, el indio era, sencillamente, hermoso. Había obtenido justificadamente su gran fama como «estrella» del base-ball, y había sido seleccionado tres años sucesivos por los técnicos del deporte para formar parte del equipo representativo de Norteamérica. Pero no era preciso que fuese un jugador tan notable para que su presencia resultase placentera. Jugaba como exterior y los lances del juego apenas le daban ocasión a otra cosa que a correr. Y su carrera se hizo a cada momento más y más seductora para Marian. ¡Cuán fácilmente se movía… qué paso más gallardo tenía! Marian descubrió muy pronto que no era la única en admirarle. Aquel atleta indio no tenía necesidad de sus aplausos. Hacia el final del juego, en un momento crítico para su equipo, llevó un balón hasta muy lejos del, alcance de sus oponentes. La multitud gritó apasionadamente. El indio corrió hacia el primer cuadro y, volviéndose, pareció adquirir velocidad a medida que corría. Marian se dió cuenta perfecta del latido de su corazón, de la súbita conmoción de ufanía y delicia que la arrebataba al observar la extraordinaria proeza del indio. Corrió como debieron de correr los corredores griegos coronados por sus victorias. ¡Cuán alado 1 ¡Cuán increíblemente veloz y más veloz! En aquel momento de sus pensamientos, el corredor daba vuelta para regresar a su cuadro, y la multitud le aclamaba excitadamente. Parecía encararse con Marian al aumentar aún más la velocidad de su carrera. Ganó el tanto para su equipo, hazaña que la multitud aplaudió con prodigioso entusiasmo. Marian se dió cuenta en.aquel instante de que también se había exaltado.


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