Odio de razas
Odio de razas Si Morgan luchó por conservar una expresión de indiferencia y de desdén, puede decirse que su esfuerzo resultó completamente inútil. Blucher cogió un cigarrillo de la pitillera que tenía sobre la mesa, lo encendió, le dio repetidas chupadas y no dejó ni uno solo momento de observar a su visitante.
- Morgan, sé que usted y otras muchas personas me atribuyen la posesión de la torpeza que se dice que es característica de los alemanes. Pero no soy tan obtuso como habría de serlo para que todo pasase inadvertido de mí -continuó Blucher-. Sospecho, no lo olvide usted, sospecho que la señorita Herron no permanece despierta por las noches para orar pidiendo protección para las jóvenes indias… y para Gekin Yashi especialmente. Sé, lo sé de un modo que no da lugar a la duda, que la señorita Herron se alegró, de la desaparición de Gekin Yashi. Y también sé, puesto que la propia señorita Herron me lo ha dicho, que desaprueba enérgicamente la disposición que obligaría a las jóvenes indias a acudir a la capilla de usted…
¿No son todos estos hechos suficientemente reveladores para usted?
- No lo son mucho - replicó Morgan, al mismo tiempo que hacía una ruidosa expulsión de aliento-. Pero las andanzas de esas jóvenes indias demuestran que son paganas y que seguirán siendo paganas hasta que adopten el cristianismo.