Odio de razas
Odio de razas - Lo que no sucederá jamás - declaró el superintendente.
El señor Morgan no podía oír con indiferencia urna repudiación tan rotunda de la eficacia de su labor.
- He convertido a muchos de ellos - dijo altivamente, y la sangre se le agolpó en las sienes al decirlo. -Morgan, esas conversiones son solamente ilusiones de su fértil imaginación -replicó desdeñosamente el alemán-. Usted muestra un papel a un indio, finge leer lo que no está escrito, y dice al indio: «¿No has aprendido mucho oyendo mis sermones? ¿No has aceptado mi Dios?»… Y el indio contesta: «Sí», lo que significa: «No lo he hecho»… Y usted le fuerza a poner su huella digital en el papel y lo envía a su misión, a su iglesia.
- Blucher, lo que usted piensa de mí v lo que No pienso de usted no puede constituir tina solución para las dificultades presentes. Poco a poco, nos acercarnos a una divergencia, a un choque - dijo Morgan lentamente -. Pero lo cierto es que tenernos entre manos asuntos muy importantes, para resolver los cuales es preciso que nos unamos.
- Sí, lo sé - gruñó- Blucher -. Y me duele y me repugna la idea de que hayamos de hacerlo.