Odio de razas
Odio de razas Marian miró a través de la ventanilla del tren el paisaje fugaz. La topografía de la región había cambiado. Árboles tupidos y verdes, muy hermosos, habían aparecido en el desierto, lentamente ascendente, y los espacios que había entre ellos blanqueaban por efecto de la descolorida hierba. No pasaban ante su vista nuevas cumbres de roca. En el fondo se presentaron unas colinas arboladas. Y al cabo de unos momentos aquellos árboles cedieron el puesto a otros más grandes, más separados, de troncos pardos, con ramas extendidas y un follaje menudo y verde en las copas. ¡Pinos! Marian los acogió con agrado, recibió con placer cada ganancia de simpatía o de conocimiento que se le presentó, con lo que intentó, hasta cierto punto, convencerse de que aquel viaje al Oeste representaba un aumento de ilustración y comprensión. Marian no se había avergonzado jamás de su amor por Lo Brandy. Hasta creía que podría llegar a un punto en que se llenase de gloria; pero, no obstante, había huido de hacer confidencias a su tía o sus, amigas. Nadie sospechaba la verdad, de lo que se encerraba en. aquel verano de Cape May. Y en aquellos: momentos se encontraba la joven en un tren, muy lejos, ya en el Oeste, dispuesta a utilizar cualquier medio que se.le presentase para llegar al terreno indio. Cuanto más adelantaba en el viaje, tanto menos verdadera lo parecía la situación. A pesar de todo, estaba contenta. Y Duchó por justificar ante sus propios ojos su propia conducta. Seguramente, nadie tenía derecho a negarle un vuelo hacia la libertad. El ambiente social! en que se movía Marian no excusaba el atrevimiento ni la audacia. Marian detestaba que las mujeres bebiesen y fumasen, que bailasen incansablemente, su falta de cortesía, el innegable decaimiento de la moral. Y había acogido con entusiasmo la ocasión de escapar de tal ambiente. Aparte del amor por Lo Brandy y de un ansioso deseo de ayudar a su pueblo, una llamada angustiosa había hecho acto de presencia en la innata y sutil rebeldía que existía en su interior. La pradera, la montaña, el mar, el desierto…, todo la llamaba y atraía con voz imperiosa. Era inevitable que la obedeciese en alguna ocasión.