Odio de razas

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Naphaie tenía grabada en el corazón y en la conciencia la súplica de Marian de que no se convirtiera en un asesino. Y le parecía que el única modo de que podría rehuir el derramamiento, de sangre consistía en esconderse en los desfiladeros, pasar varios meses¡ en ellos… y esperar. No temía que las policías secuaces de Blucher pudieran hallarla en aquel sitio. Mucho antes de que pudieran llegar a la entrada del desfiladero de los Muros Silenciosos habrían perdido las huellas que a él conducían. Entre su retiro y las tierras altas en que reposaba Nothsis Ahn había millas de laberínticos desfiladeros y se hallaba la extensión occidental de las Rocas Movientes. No había caminos sobre aquellas pendientes de mármol. En los terrenos inclinados y lisos, gastados por el viento, no dejaban huellas los mo- casines ni los cascas de, los caballos. Eran muchos los peligrosos precipicios que se abrían a lo largo de aquellas tierras. El último hogan Pahute se erguía, en lo alto de una elevación, a treinta millas de distancia en línea recta, a tres días de viaje agotador.






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