Odio de razas
Odio de razas Naghaie penetró en una de las más recónditos rincones de las alas precipitosas del vallé; y allí, donde jamás se había posado la planta de ningún hombre de piel blanca, al pie de unos lienzos rocosos, brillantes, que se elevaban cegadoramente hacia el cielo, instaló su cobijo. Era el lugar más adecuado para un india solitario. La región de las tierras altas se hallaba en aquella época baga el azote de las vientos. Allá, abajo, la hierba y el musgo eran verdes todavía, las hojas de los robles se habían desprendido, aunque aún permaneciesen algunas adheridas a las ramas, y las algodoneros conservaban tenazmente su tonalidad otoñal; todavía florecían las flores en las zonas altas en que el sol descargaba la fuerza de los rayos durante más tiempo; las abejas zumbaban durante las horas meridianas; los abetos negros, tan queridos de Nophaie, se elevaban en la lejanía, altos y oscuros, en el margen de la elevación de Nothsis Ahn, pero en el valle florecían los cedros, que presentaban su eterno y brillante verdor. Los «tolies», los grajos azules, que eran sagrados para las ceremonias de Nophaie, habían descendido de las montañas para pasar el invierno donde el calor del sol era reflejado por las elevadas paredes del desfiladero. Los sinsontes anunciaban la llegada del crepúsculo con melodiosos coros, pequeños animalitos salvajes, sin nombre para Nophaie, se introducían velozmente entre las masas de vegetación que brotaban junto al murmurador arroyo, y lan- zaban de vez en cuando unas notas melancólicas. Y desde los altos huecos y las grietas de las rocas llegaba hasta él el gorjea extraño, dulce, penetrante de los vencejos del desfiladero, que ce dejaban caer hacia la profundidad como el destello. de una flecha.