Odio de razas
Odio de razas Antes de que la oscuridad hubiera envuelto el valle, Nophaie descendió de la loma, caminó sobre una larga pendiente, con tanta seguridad como un carnero, resbalando un poca acá a allá, hasta arribar a la cóncava profundidad, donde la noche se había instalado. Allí fue detenido por un ruido, además del que el arroyo producía, que aún no había oído: el. singular croar de las, ranas. El desacostumbrado calor del día había llevado un nuevo verano a los habitantes del desfiladero. Pera el croar de tales ranas era fantástico y débil, como si solamente hubieran medio despertado. Una de ellas exhalaba una nota ronca y repetida, la de otra era una sincopación, la de otra semejaba el sonido de un fuelle, que se reproducía a intervalos muy largos. Después, seguían unas cuantos trinos, ni agudos ni dulces y, no, obstante, melodiosos hasta cierta punto. Cuando el vierta fría de la noche comenzó a soplar, aquellas sonidos cesaron y Naphaie no volvió a oírlas.
Pera lo poco que había oído fue suficiente y bueno para él. Mientras permanecía sentada sobre una peña, la noche terminó de concretarse. Experimentó la tristeza y la tran- quilidad de la hora y pensó que serían muchas horas como aquélla y que de ellas sobrevendría una mitigación de sus penas.