Odio de razas
Odio de razas Sobre él, las ondulantes líneas de las cumbres se marcaban oscuramente; y más allá de él, los negros muros del desfiladero se elevaban ante el cielo. No taladraba el cielo el brillo de ninguna estrella. No existía el azul. Desde las sombras que dormían a sus pies brotaba una dulce música, un zumbido, un murmullo, un chocar y extenderse de agua rápida sobre las rocas. Estos sonidos intensificaban la impresión de soledad y de silencio en aquella escondida rendija de la tierra. El pueblo de Nophaie y el mundo de las; hombres blancas parecían muy lejanos y no eran precisos para él en aquellas horas. El tiempo empleado allí mostraría a Nophaie la superfluidad de, muchas casas; acaso, también, la resignación a su infidelidad y a la futilidad del amor. Los muros rocosos y silenciosos, tan parecidas a párpados cargados de sueños, las profundas sombras, el recuerdo obsesionante de las cantarinas ranas, la brisa fresca, que llevaba el aliento de la nieve, la negra hinchazón de la rocosa montaña y la infinidad del cielo, aún más místico con sus rosarios de estrellas…, todo esta llevó al ánimo de Nophaie la sensación de la pequeñez de todas las cosas vivas, de la excesiva, brevedad de la vida.