Odio de razas

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Nophaie se hallaba sentado en el centra del semicírculo; y la hora del crepúsculo estaba próxima. Cada momento que transcurría parecía un momento interminable con su don de recuerdo para el alma. Aquél era el mundo vivo de la Naturaleza, y su: cambio era el cambia de los ele que componían su maravillosa vitalidad. La belleza y la gloria podrían existir solamente en el alma de Nopero, eran objetos tangibles. La luz caía con un matiz dorado sobre su mano. Todo el valle estaba inundada de un luminoso resplandor, de rayos movientes, cambiantes, de sombras. Un águila, con las alas arqueadas y negras ante la luminosidad del cielo, corrió por el campo de Nophaie, centelleante, como una línea de luz oscura, y se hundió en las purpúreas profundidades que se encendían más, allá de las cumbres. Esta visión prestó nueva vida ala panorama y produjo a Nophaie una extraña alegría. El águila se había arrojado desde la altiva elevación de -la reina de las cúspides, se había dejado caer como una centella, libre, sola, hermosa, desenfrenada como el viento desenfrenad, para alegrar la vista de Nophaie y para añadir una nueva emoción a sus esperanzas. Naphaie no sabía qué plegaria debería entonar labre aquel redonda altar de rocas. j Ningún otro Nopah de la tribu lo habría deseado con tanta ansiedad cama él! Pero decidió recitar una oración que él misma compuso -¡Gloria del Sol cuando muere el día! ¡Belleza de las nubes en el cielo! ¡Esplendor de la luz en la quebrada! ¡Desapasionado días de la Naturaleza, hazme como tú! Préstame tus dones, Enséñame tu secreto, Dame tu espíritu.


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