Odio de razas
Odio de razas Nophaie volvió el, rostro hacia el Este, la dirección sagrada de los adoradores del Sol. Toda la grandeza del Oeste debía reflejarse en el, Este. Las redondeadas rocas, que ascendían hasta los bordes quebrados de los abismos, estaban envueltas en aterciopelados colores carmesí, y donde el sol poniente caía sobre la faz de los muros, encendía una viva tonalidad rojo anaranjada. Las profundas sombras hacían que el contraste fuera más intenso. Las hendiduras y las profundidades de las grietas hurtaban su purpúreo misterio al resplandor del sol, destacaban más las superficies doradas, y las contorneaban con un filo de calor violeta. El desfiladero de los Muros Silenciosos estaba inundado de tonalidades que lo transformaban… Millares de superficies doradas y rojas, con los tonos más apagados de las lugares de sombra, se erguían y elevaban, como una escalera de los dioses, hasta las altivas cumbres. Torres de aro, torres blancas, torres grises, accidentadas y retorcidas, coronaban el muro accidental y conducían la mirada de Naphaie en dirección al Sur, donde la gran elevación de Nathsis Ahn se alzaba blasonada por las cicatrices de los siglos.