Odio de razas

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A las pies de Nophaie se abría la sombra que creaba la profundidad del abisma. Allí estaban las arboledas de cedros oscuros, las grises y cerradas espesuras, los pálidos peñascos, todos más negros a cada momento que transcurría, más misteriosas baga el purpúreo resplandor del sol moribundo. Donde la base del lienzo de montaña comenzaba a elevarse, reinaba la oscuridad, y en esta oscuridad se dibujaba la forma de la elevación opuesta, que era la que proyectaba la sombra. Al hundirse más, el sal, las sombras de todas las elevaciones semejaron elevarse tamo una corriente, y sobre ellas se encendió el último brillo de luz. No había interrupción en el movimiento de las luces y las sombras. Todas ellas se movían, y con su movimiento cambiaban los colores. Un hilo de agua destellaba al caer hasta el fondo del abismo, como una chispa volandera de fuego, y se sumergía entre las sombras, acaso para buscar el cálido cobijo de las rocas y pasar la noche. El arroyuelo derramaba sus natas dulces, fugaces y persistentes.

Naphaie, hundido en contemplación, levantó la, mirada. De todos los dones de este mundo, ninguno es comparable al de la vista. Pera el ajo de la imaginación puede perforar el infinito. Y en tanto que miraba, el sol terminó de cumplir su milagrosa transfiguración. ¡Vida del color, espíritu de la gloria, símbolo del camina eterno! Aquel encanta de un instante era la sonrisa de la Naturaleza.


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