Odio de razas

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Era una ciudad pequeña y próspera, animada por multitud de camiones automóviles y llena de actividad, motivada por sus negocios madereros, su ferrocarril, sus ganaderías. No ofrecía los signos típicos de las ciudades; de la frontera. Lo que sorprendió un poco a Marian fue el hecho de que ni el dueño del hotel, ni el banquero, ni el oficial de correos, ni el dependiente del comercio, ni ninguno de los ganaderos a quienes halló mostrase curiosidad con respecto a ella. Cuando hizo preguntas acerca de los terrenos reservados a los indios, se limitó a indicar que le interesaban los indios y que se proponía realizar algunos trabajos periodísticos acerca de sus residencias. Marian se vio forzada a reconocer que aquellos occidentales no se impresionaron al verla ni al oírla. Todos se mostraron corteses y amables, aunque hasta cierto punto desinteresados. Y esto era nuevo para ella. En el Este se había visto incesantemente perturbada por la circunstancia de que era mujer joven y atractiva. En, Flagerstown le parecía respirar el aliento de una vida que no se hacía pesada ni opresiva por la influencia del sexo. El Oeste era joven, viril, abierto. Marian comenzaba a sentirse liberada de los frenos que la habían coaccionado. En su tierra, los ideales de la mayoría de las personas se cifraban en la persecución de la riqueza, de loe placeres, de la excitación. Las ciudades estaban congestionadas. Los jóvenes abandonaban el saludable campo para dirigirse a los centros de población, para mezclarse y luchar en lugares atestados de gentes. Marian apreció entonces la futilidad y la falsedad de tal género de vida, que ya había transpuesto el umbral de la decadencia.


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