Odio de razas

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Adquirió seguridad de que un repartidor de correos salía de Flagerstown dos veces por semana para dirigirse a los lugares de los terrenos indios: Mesa, Red Sandy y Kaldab. Y el empleada de fa casa de correos fue tan atento, que reservó un puesto para ella en la expedición. A la mañana siguiente, el mozo del hotel subió en busca del equipaje de Marian. La joven encontró ante su vista el Ford más viejo y más destrozado que jamás había tenido cerca de sí. Todo lo que de él parecía restar estaba atado con cuerdas y alambres. Y estaba pesadamente cargado de sacas de correspondencia, de cajas, de fardos. Había también una jaula que contenía varias gallinas y que había sido remitida por correo. Junto al espacio del conductor se hallaba vacante un pequeño espacio, evidentemente reservado para ella.

- ¡Dios mío! -exclamó al ver aquel problemático, artilugio-. ¿Se mantendrán todas las piezas unidas? ¿No es arriesgado montar en ese chisme?

- ¡Cómo, señorita! El Injun que lo guía se lo dirá -contestó el mozo.

- ¡Injun! ¿Es el conductor un indio?

- Sí, señorita. Y no le importa que llueva o nieve o que el viento venga cargado de arena.


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