Odio de razas
Odio de razas Marian habrÃa sido capaz de reÃr a pesar de su desasosiego. Pero todo lo que pudo hacer fue mirar desesperadamente la arruinada máquina. En aquel momento se presentó ante ella un joven que llevaba las oscuras ropas totalmente desgarradas. TenÃa los menudos pies cubiertos por mocasines de piel de ante con botones de plata, y el moreno rostro lo llevaba medio oculto por un sombrero de anchas alas. Marian pudo observar que era joven. Y observó, además, cuando se posaron sobre el volante, que sus manos eran morenas, delgadas, nerviosas, fuertes y bien formadas. Después, el hombre se sentó en el asiento de conducción y levantó la mirada hacia ella. Era solamente un joven. Su rostro era afilado, liso como la seda, sin una sola arruga, tan oscuro coma el bronce. TenÃa la frente lisa y ojos tan negros como la noche. Repentinamente, aquéllos brillaron con inteligencia y alegrÃa. El indio se habÃa dado cuenta de la consternación de la mujer.
- ¿Está usted preparada para la marcha? - preguntó en un inteligible inglés. El tono de la pregunta estremeció a Marian. HabÃa algo en aquel tono de voz que le recordó la de Lo Blandy.
- SssÃ…, creo que sssÃ… - tartamudeó Marian. ¿DeberÃa confiar en aquel terrible montón de chatarra que era el automóvil, y en su conductor indio para realizar la larga travesÃa del desierto? La aflicción oriental de Marian no morÃa fácilmente.