Odio de razas
Odio de razas - ¿Va usted a Kaidab? - preguntó el conductor.
- Sí -contestó Marian.
- Llegaremos allá… a las cinco… -prosiguió el joven con una sonrisa que parecía un relámpago de comprensión. Había adivinado las vacilaciones de Marian, y quería ofrecerle todo género de confianza. Marian había quemado todos los puentes detrás de sí.
- ¿Tendremos frío? -preguntó cuando se disponía a subir al vehículo.
- Necesitará usted una manta durante cierto tiempo -dijo él.
Marian no disponía de manta, mas había llevado consigo un grueso gabán que podría servirle para abrigarse, y se lo puso. Luego, se comprimió cuanto pudo para ocupar e1 pequeño asiento que había junto al conductor. El sonriente mozo del hotel dijo:
- ¡Buenas, noches!
Y lo dijo con entonación que no disipó las angustias de Marian.