Odio de razas

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Y de este modo transcurrió el tiempo tan velozmente como se movían los cascos de los caballos de Nophaie, mientras el joven recorría territorios desconocidos y llegaba hasta punto:: remotos de la gran meseta oriental, donde no era conocido. Al llegar a aquel punto tropezó con obstáculos menores para el cumplimiento de su empeño y para hallar adeptos; pero la región se hallaba menos poblada. La activa propaganda no había echado raíces entre aquellos Nopahs.

Una tarde, cerca de la hora del crepúsculo, Nophaie llegó a un puesto comercial propiedad de un indio. El último indio a quien había interrogado le manifestó que corriera sin pérdida de tiempo hacia aquel lugar. Ante la casa, plana v construida de piedras rojas, había una veintena de caballos mesteños, detenidos y sueltos. Pero no había ningún indio. Nophaie se acercó a la puerta y miró al interior de la habitación. Vio las espaldas y los negros sombreros de un grupo de indios que prestaban atención a un hombre blanco que se hallaba detrás del mostrador. Aquel hombre blanco era Jay Lord.





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