Odio de razas
Odio de razas Nophaie entró sin ser visto y se colocó a espaldas de los indios. Lord estaba encendiendo un cigarrillo. Evidentemente, había hecho una interrupción en su arenga, o bien no había comenzado todavía a pronunciarla Jay Lord parecía haber perdido aquel aire de indiferencia y descuido que le caracterizó anteriormente. No se reflejaba indiferencia en su redondo rostro aquel día. En realidad, Nophaie sorprendió en él huellas de una furtiva y enfadosa irritación. Y aquella ansiedad que se señalaba en los ojos de todos los blancos en tales circunstancias no estaba ausente de los de Jay.
- Escuchad, indios -comenzó, diciendo con soltura en la lengua de los Nopahs-: Blucher me ha enviado a recorrer toda la colonia rara que os diga que no os inscribáis en el censo. No pongáis vuestros nombres ni las huellas de vuestros dedos en ningún papel. Si lo hicierais os arrebatarían vuestros caballos y vuestros ganados y tendríais que ir a la guerra. No hay ninguna ley que pueda obligar a los indios a guerrear. Nadie puede forzaros a hacerlo. Pero si firmáis papeles, si os inscribís en el censo, el Gobierno os habrá atado. Y entonces iréis a la guerra. Esa orden de inscripción no representa lo que parece a primera vista. Es un viejo truco gubernamental para engañaros. Ya habéis sido engañados en ocasiones anteriores. Escuchad a vuestros verdaderos amigos, v no os inscribáis.