Odio de razas
Odio de razas Nophaie encontró, con gran congoja y disgusto, que cuanto más penetraba en aquella parte de la colonia, tanto más fríamente respondían los indios a sus solicitaciones. Llegó la época del calor. El verano del desierto se extendió como una manta sobre la meseta y las arenas. La temperatura era fresca en las horas del amanecer, el cielo estaba azul y claro y el sol semejaba nn glorioso estallido de oro que cubría el desierto con tina magnificencia de color. Pero tan pronto, como el sol asomaba tras la parte oriental de la elevación, velos de calígine comenzaban a elevarse de la tierra. Cerca de las horas meridianas, unas nubes amarillentas flotaban en el horizonte, se desflecaban, se ensanchaban, se oscurecían y dejaban caer las cortinas grises y revueltas de la lluvia. Cada tormenta provocaba un arco iris, y hubo ocasiones en que, cuando Nophaie descendía por las inclinaciones del desierto, se hallaba rodeado de tormentas y arco, iris en tanto que el sol caía con fuerza sobre su cabeza. Hubo otras veces en que se viví forzado a soportar la violencia de la caída de la lluvia, de cuya cartilla gris salía agradecido y calado hasta los huesos.