Odio de razas
Odio de razas - ¡Nophaie… mi amor… mi indio!… Vas a la guerra -murmuró ella; y le rodeo el cuello con los brazos. En el mismo instante en que se inclinaba en dirección a su pálido rostro y a sus brazos, Nophaie comprendió la razón, de su abandono. Una palabra habÃa sido suficiente. ¡Guerra! Y experimentó piedad por ella, y la quiso en aquel instante más que nunca, y la comprendió, y la apretó entre sÃ, y la besó hasta que ella se dejo caer contra él y entre sus brazos, pálida y extenuada. Los besos de ella, a pesar de su fuego y su dulzura, llevaron a los labios de él solamente la austeridad de la despedida. Mucho tiempo antes, en la soledad del desfiladero de los Muros Silenciosos, Nophaie habÃa librado una batalla contra el amor. Y allÃ, en la angustia del en- cuentro, se encontró tan tranquilo, sereno y grave como ella se encontraba débil y apasionada.
- Nophaie… ¿cuándo… te irás? -susurró ella.
- Esta noche, a las diez.
- ¡Oh! ¿Tan pronto…? Pero antes, ¿irás a un campo de instrucción? -preguntó ahogadamente Marian.
- S Ã.
- Es posible que no te envÃen al extranjero.
- No tengas falsas esperanzas, Benow di cleash. Tú quieres que vaya a Francia. Estoy preparado para luchar. Y no se tardará mucho tiempo en hacer unos soldados de mis Nopahs.