Odio de razas
Odio de razas Durante el último día de su estancia en Kaidab, Marian consiguió persuadir a la señora Withers a que la acompañase hasta el punto más alto que fuese posible llegar. Withers designó a uno de sus caballistas indios para que las escoltase. El recorrido fue largo, duro, glorioso. Desde la cima de una gran elevación, Marran vio la completa extensión del Valle de los Dioses, los rojos centinelas del desierto, solitarios y altivos ante la neblina de la lejanía. Vio la ancha meseta a cuya sombra nació Nophaie. Luego, lejos, en dirección al Oeste, sobre los gigantescos escalones, pudo percibir vagamente las tierras altas, cubiertas de cedros y de salvia purpúrea, y, sobre ellas, la enorme mole ele Nothsis Ahn.
Marian experimentó un temblor que era algo más que producto de la emoción. Su pecho se, ensanchó, y su vista se oscureció. ¡Silvestre, solitario, hermoso desfiladero! Marian lo amaba. La más clara de todas las enseñanzas de su vida había nacido de su atractivo. Marian anheló subir por la senda interminable y accidentada hasta llegar a los silenciosos muros de Nophaie. Estos muros no eran silenciosos para ella.