Odio de razas

Odio de razas

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El día había sido pleno, doloroso, revivificador de la corriente de antiguas emociones. Marian recorría la lisa extensión- del desierto gris que se desarrollaba ante Kaidab, el sol poniente doraba los bordes de las lejanas mesetas. El color rosa y el color lila llenaban las oquedades de las rocas, y la vasta llanura de arena v de hierba ondulaba hacia el horizonte bajo una luz dorada.

Withers esperaba a los jinetes. En su rostro había una expresión, de ansiedad, de excitación, de felicidad corno Marian no había visto en él desde hacía mucho tiempo. ¿Qué sería lo que podría haber roto la reserva de aquel intrépido occidental? Marian experimentó una sensación de debilidad.

- ¡Apéense y entren! - dijo a voces Withers-. ¡Entren en seguida! ¡Tengo noticias.

Marian se apeó del caballo rápidamente y corrió tras la hija de Withers, que estaba llorando.

- ¡Oh! Papá ha recibido una carta de Ted.

Y así resultó ser. La señora Withers lloró en los primeros, momentos, pero después se calmó. El comerciante dio vueltas entre las manos a diversas hojas de papel cubiertas de escritura.


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