Odio de razas
Odio de razas Cuando el automóvil se hubo detenido, Morgan y Blucher se apearon.
- ¡Detened a ese indio! - gritó Blucher. Aparentemente, para Rhur no habÃa inconveniente alguno en introducirse entre el grupo de indios, que repentinamente habÃa enmudecido, y uno de sus ayudantes, el Hombre a quien Marian no habÃa reconocido, lo siguió. Glendor y Taylor:se quedaron atrás, lo que aumentó la indignación ele Blucher. También Morgan se mantuvo a distancia del grupo de indios, cuyo aspecto era amenazador. Al cabo de un momento, la lÃnea de indios se abrió para dar paso a Rhur, que arrastraba iras de sà a un indio, el indio que se habÃa ocultado entre los demás. Blucher corrió hacia él y lo esposó.
- ¿Por qué le pone hierros en las muñecas, zoquete? -gritó Morgan-. Los indios aborrecen los hierros. Y ya le he dicho que están de mal talante. ¡Algunos de ellos están. borrachos.
- ¿Quién 1o dice? - preguntó roncamente el agente. Los más jóvenes, y probablemente los más ebrios de los indios, se movieron al unÃsono v formaron un cÃrculo en torno a Blucher y sus hombres. Todos ellos se acercaron más y más, sin dejar de gritar continuamente.
- ¡Deje en libertad a ese indio! - gritó con todas sus fuerzas Morgan.