Odio de razas
Odio de razas - ¡Lee la orden de Washington!
El hombre que pronunció estas palabras movió ante el rostro de Friel el papel que contenta la disposición del inspector. Era un Noki bajo, junto al cual se encontraba un alto Nopah. Llevaba un ancho sombrero inclinado sobre el rostro. La multitud de indios avanzó más. Un bajo murmullo de voces comenzó a elevarse.
- ¡Vamos! ¡Vamos a ver a Blucher! ¡Oigamos lo que tenga que decirnos! Es preciso que nos entendamos. ¡Deja de predicar en la escuela!
- ¡No! - exclamó acaloradamente Friel -. ¡No dejaré de predicar! Y tampoco iré a ver a Blucher.
Uno de los Nokis que se hallaba a caballo arrojó un lazo, que cayó en torno al cuello de Friel. La muchedumbre gritó salvajemente.
- ¡Arrastradlo! - gritó el jefe.
Entonces, el montado Noki comenzó a separarse de la escuela, de modo que la cuerda se estiró, el nudo se cerró en torno a Friel v lo arrastró por entre la multitud. Friel ya no tenía rojo el rostro. Sus dos manos se dirigieron hacia la cuerda que le rodeaba el cuello. Evidentemente, la intención de los indios había sido solamente enlazarlo y conducirlo por fuerza a la presencia del agente. Un rudo joven Noki, que montaba un fogoso caballo, obligó a su caballería a encabritarse.
- ¡Ahorcadlo! - gritó el indio en la lengua de los Nokis.