Odio de razas
Odio de razas Al otro lado del río se extendía una llanura guijosa, rudamente azotada por el viento; y su lenta pendiente conducía a una nueva altura, desde la cual Marian confirmó sus esperanzas. Tres lisas extensiones de desierto, tan altas como montañas, levantaban su púrpura y sus rojos y sus oros hacia el cielo azul. Era una tierra de pintados escalones. Marian no podía llegar a abarcarla, a aprehenderla. Solamente acertaba a gozarse en la contemplación del mosaico de color y la extraña extensión de tierra y rocas. Aquello era solamente el vestíbulo de la región de Lo Blandy. ¿Cómo sería Olfato? Marian se encontró confusa por sus propias impresiones. En cierta ocasión volvió la cabeza para mirar tras de sí, como si intentase adquirir seguridad de la distancia que hasta entonces había recorrido, de las tierras dejadas atrás y que sabía que eran una cosa concreta, que no estaban hechas de la sustancia de que se componen los sueños. El espectáculo que había a sus espaldas era completamente diferente al que tenía ante sí: una pendiente de desierto gris, una cuesta de desierto rojo, legua tras legua, se inclinaban para levantarse hasta la gran meseta oscura en que se veían las Cumbres Españolas, cubiertas de nieve blanca y pura, ante el cielo.