Odio de razas
Odio de razas El indio detuvo, el automóvil para inspeccionar alguna de las piezas de su mecanismo. De este modo, Marian tuvo ocasión de apearse para estirar las piernas y lose miembros entumecidos. Después de esto, cuando la marcha fue iniciada de nuevo, se encontró confortada bajo el calor del sol, y al final olvidó tanto las angustias como los dolores ale absorberse en la contemplación del desierto. El coche corrió cuesta abajo por espacio de tres horas. Y este recorrido los llevó hacia lo que parecía un incongruente puente de hierro que salvaba una garganta de rocas por cuyo fondo corría un turbio arroyo. Allá, en aquel valle, el sol era cálido. Marian hubo de quitarse el grueso abrigo.