Odio de razas

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La única respuesta que recibió fue un gruñido de disgusto. El indio continuó conduciendo velozmente a través del liso valle, provocando unas nubes de polvo que se levantaron detrás del automóvil. Cuando llegó a la primera casa se detuvo para descargar algunas tajan y paquetes. Marian no vio a nadie. Sin embargo, en los campos había algunos labradores pintorescos, que supuso que serían indios. Cuando el viaje fue reanudado, el guía señaló varias casas de piedra bajas, cobijadas, abajo unos peñascos salientes y que estaban rodeadas de árboles verdeantes. Eran los hoganes de los misioneros. Desde aquel punto, la carretera ascendía junto a un accidentado despeñadero. En lo alto de la elevación el terreno era llano v estaba poblado de arbustos.bajos, de un color verde oscuro. A lo lejos podían verse unas edificaciones rojas y grises y largas hileras de árboles desnudos.:Marian se consumía de interés y curiosidad.

- Mesa. Nos detendremos muy poco tiempo -dijo el conductor en tanto que hacía alto ante una de las edificaciones de piedra. Era grande, tenía pocas ventanas y un aspecto inhospitalario. Unos jaquitos pequeños, silvestres, con sillas toscas y de superficie cuadrada estaban detenidos y con las bridas caídas.

- ¿Son caballos indios? -preguntó Marian.

- Sí. No son muy buenos. Espere-dijo el indio con tranquilizadora sonrisa-. Es la lonja. Buena gente. Entre usted. Voy a entregar el correo.


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