Odio de razas
Odio de razas Marian se apeó, contenta de tener una nueva ocasión de desentumecer las piernas, y paseó de acá para allá. Vio una especie de avenida;bordeada de árboles, ancha, con edificaciones de piedra gris en uno de sus lados y grandes casas de piedra roja en el otro. Supuso que estas últimas serían las escuelas del Estado. ¡Qué fuera de lugar semejaban hallarse! La gran planicie del desierto parecía armonizar con ellas y recalcar su incongruencia. La avenida era larga, tan larga, que Marian no pudo ver lo que habría a su final. Luego, su atención fue atraída por el puesto comercial. Tres hombres, indios los tres, acababan de salir de él. Iban vestidos con ropas de hombres blancos, hasta con zapatos y sombreros, y no provocaron la admiración de Marian. ¡Qué rostros; más atezados, más impasibles e inescrutables ¡Qué ojos más negros, agudos y saltones! Aquellos indios la observaban. Marian sufrió un poco de desilusión, de decepción al verlos. Luego, apareció un hombre blanco, alto, de cabello arenisco, de rostro abierto.
- Entre. Soy Paxton, el comerciante - dijo -. Mi esposa se alegra siempre de recibir visitas. Debe usted de estar cansada y hambrienta. Y hay todavía mucho camino hasta Kaidab.