Odio de razas
Odio de razas - Muchas gracias. Tengo hambre; pero no estoy cansada-contestó Marian. Y siguió al comerciante en tanto que se preguntaba si éste sabría adónde se dirigía. El hombre la precedió a través de un almacén muy extenso, en el que los mostradores y los estantes estaban cargados de mercancías, hasta otra parte de la casa, un saloncito agradable y placentero. Allí encontró Marian a la esposa del comerciante, mujer apuesta y joven, servicial y agradable. Ni con sus palabras ni por medio de miradas manifestó sorpresa o curiosidad. Se limitó a recibir a su visitante con amabilidad y a darle ocasión de descanso y de tomar un refrigerio. A Marian le agradó aquella mujer. -Voy a Kaidab- dijo espontáneamente.
- Me alegro mucho. Es hermoso que se interese usted por esta región. ¡Bien sabe Dios que los indios necesitan amigos! Nosotros, los comerciantes, creo que somos los únicos amigos que tienen.
Marian formuló varias preguntas acerca de los indios; y lo hizo fingiendo indiferencia para no producir la impresión de que poseyera un interés;mayor del habitual.
Y pasó una hora muy a gusto en unión de señora Paxton.