Odio de razas
Odio de razas - Espero que volverá usted de nuevo a Mesa- dijo la dueña de la casa cuando ambas salían del almacén. Marian vio desde la muerta un hombre blanco que se hallaba junto al automóvil y conversaba con el conductor indio -. Ése es Friel - continuó la señora Paxton; y, evidentemente, al reconocer al hombre se alteró el curso de sus pensamientos.
- ¿Quién es Friel? - preguntó Marian.
- Un misionero -contestó la otra mujer- ; pero uno de esos misioneros que temo que hacen más por enemistar a los indios con la Iglesia que por imbuirles el verdadero espíritu del cristianismo.
Un poco alarmada, Marian no replicó directamente a las afirmaciones de la señora Paxton.
- Muchas gracias por sus atenciones - dijo -. Estoy segura de que volveremos a- vernos. Adiós.
Marian se dirigió, hacia el coche. El hombre designado por la señora Paxton se volvió para mirarla. Marian estaba habituada a tratar con desconocidos y a clasificarlos según suelen hacer las mujeres. Pero no pudo recordar haber conocido ningún tipo como aquél.
- Soy el señor Friel-dijo al mismo tiempo que se llevaba una maná al sombrero -. ¿En qué puedo servirla? -En nada; muchas gracias -contestó Marian.