Odio de razas
Odio de razas En el rostro del hombre se marcaba la coloración que produce la vida en los campos despejados; pero aquel rostro no era de los que suscitaban el interés o el aprecio de Marian. La joven no dejó de apreciar el relámpago de curiosidad que hubo en los ojos de él.
- Viaja usted sola -dijo el hombre- ¿Puedo conocer adónde se dirige?
Marian le dijo lo mismo que había dicho a la señora Paxton. Después sintió, más que vio, un creciente interés por ella, al mismo tiempo que cierta hostilidad.
- ¿Tiene usted permiso para ir a los terrenos reservados a los indios? -preguntó el señor Friel.
- No. ¿Es… obligatorio?
- Pues… no…, no puede decirse que lo sea. Pero siempre es preferible que los visitantes vean al señor Blucher.
- ¿Quién es el señor Blucher?
- El agente a cuyo cargo se halla esta región.
- Muy bien. ¿Dónde podré hallarlo?
- Desgraciadamente, el señor Blucher está ausente en estos momentos; ha ido para asistir a unas investigaciones… Pero yo mismo puedo encargarme de… arreglar todas las cuestiones. ¿No 1e agradaría ver las escuelas?