Odio de razas
Odio de razas Marian pensó que acaso se había permitido abrigar prejuicios injustos contra aquel hombre, que hablaba con finura y atención. Mas, aparte de esto, el señor Friel tenía en los ojos aquella expresión que tanto despreciaba ella. Y jamás solía exponerse por segunda vez a una mirada de tal expresión. No obstante, debía aceptar, allá, en el desierto, a las personas que encontrase tal y como fuesen, y en lo posible aprender de ellas.
- Será interesante el ver a los chiquillos indios. Podré volver aquí en otra ocasión y hallar alguna ocupación cerca de ellos. Pero ahora no tengo tiempo.
- Yo mismo podría proporcionar a usted una colocación aquí - dijo él con vehemencia. Era demasiado vehemente.
- ¿Qué cargo de autoridad desempeña usted? - preguntó agresivamente Marian. Y omitió el darle gracias. -Bien; en realidad no tengo autoridad para contratar empleados para el Gobierno- replicó el señor Friel-. Pero en ocasiones contrato personas para que trabajen para mí. Morgan, que es 1!a mayor autoridad de estos lugares, y yo, somos uña y carne.
- ¿Morgan?
- Está aquí desde hace veinte años. Es el que gobierna.
- ¿Qué es Morgan?
- Misionero.