Odio de razas
Odio de razas - Sí. Es preciso que nos apresuremos. Está muriéndose. Y tiene un niño de pecho.
Marian se puso en pie de un salto. ¡Permítanme ir con ustedes! -suplicó.
Nophaie se mostró menos dispuesto que Withers a llevarla consigo. Pero Marian consiguió reducir la resistencia de ambos con la ayuda de la señora Withers.
- Envuélvete en ropas de abrigo. Lleva una piedra caliente para los pies - le recomendó Nophaie - y procura no tomar demasiado frío ni excesivo calor. Es un día muy voluble… en el que hay tormentas y sol.
- No tome en cuenta el sol - observó Withers -. Tendrá usted que correr de cara al viento. Supongo que no lo olvidara.
El viaje en el automóvil, con una piedra caliente bajo los pies y envuelta en mantas que le cubrieron el cuerpo v el rostro, no tuvo muchas penalidades para Marian. Pero cuando se encontró sobre la silla de montar, de cara al viento, varió mucho el aspecto de la cuestión.
El día no estaba muy avanzado y el cielo se hallaba dividido en contradictorias secciones compuestas de un dosel plano, bajo y gris, nubes purpúreas y desgajadas, v un fondo acerado y azul. El sol brillaba a intervalos. En los primeros instantes el frío no fié muy intenso, aun cuando el viento cortaba como un cuchillo.