Odio de razas

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Ni la tristeza de su diligencia ni las inevitables incomodidades del viaje impidieron que Marian reaccionase. La boca del desfiladero de Nugi semejaba un amplio bostezo; era una entrada accidentada y de rojas elevaciones salpicadas de manchas de nieve y de negros ce- dros. La superficie del las rocas brillaba por efecto de la humedad. Un arroyo que corría a gran profundidad desembocaba del desfiladero. Aun cuando estuviese marcado por el frío y por el viento, el panorama fascinó a Marian; y aunque no tanto como el de Pahute, el desfiladero era grandioso e impresionante. Las rocas se elevaban como torreones labrados, accidentados, agrietados, amarillos bajo la luz del sol, rojos a la sombra, blancos en las cumbres meridionales.

Una sensación familiar, aun cuando extraña, se apoderó de Marian, un algo que en los primeros momentos no pudo definir. No obstante, al cabo de poco tiempo la relacionó con la cualidad helada, cortante y tangible del aire, con lo que llegó a descubrir que era la débil fragancia de la salvia. Nuevamente se había puesto en contacto con la característica más destacada de las tierras altas. Pero no pudo ver salvia por ninguna parte, y llegó a la conclusión de que se encontraría más lejos.



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