Odio de razas

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La amenazadora tormenta se desvió, y el viento comenzó a perder fuerza. Marian llegó a hallarse relativamente cómoda en la silla y a reaccionar por efecto del calor que producía el ejercicio. Y cuando las nubes se abrieron y el sol brilló, tuvo ocasión de contemplar el desfiladero.

El desfiladero se presentaba como una ancha abertura en la sólida mole rocosa del desierto alto. El desfiladero de Pahute era demasiado grande, demasiado ancho y profundo para que pudiera ser apreciado en toda su grandeza. Pero aquel otro desfiladero que tenía ante sí era de unas dimensiones que no embotaban las facultades de observación. Tenía una doble, línea en su. borde, roto en retorcidas espirales, en picachos, riscos, en escarpas, en promontorios; y los desfiladeros secundarios que lo cortaban en diversas direcciones eran demasiado abundantes para que pudieran ser contados. Ésta parecía ser su característica aras singular. Al llegar a cierto punto, Marian se encontró en lo que podría ser designada el cubo de una rueda, de donde brotaban los radios de muchos otros desfiladeros que se extendían en todas direcciones. Desde la altura, aquel desfiladero debía de tener la forma de un ciempiés, del cual la quebrada principal constituiría el cuerpo y las secundarias formarían las patas.


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