Odio de razas
Odio de razas Repentinamente, Marian vio un brillo extraño. Miró hacia la, altura. La nieve continuaba cayendo oblicuamente, en, copos grandes y espaciados que parecían poseer una delicada tonalidad. ¡Azul…, blanco…, oro! ¿O sería un efecto do la luz? Marian no había visto jamás nada parecido. El sol brillaba en un punto indeterminado, y a través del vejo maravilloso y moviente de fa nieve resplandecía el azul del cielo. ¡Cuán irreal! La luz se hizo más clara, más ambarina, y muy pronto inclinaciones de tierra cubiertas de salvia se elevaron desde el lecho del arroyo hacia las alturas cubiertas de nieve. La salvia despedía un olor acre, demasiado espeso y demasiado fuerte para que pudiera ser fragancia. Era un aliento frío, picante, embriagador. Lo tormenta continuó alejándose. Al fondo, la claridad había nacido de nuevo. Se veían los dorados riscos y el cielo azul, que lanzaban destellos contra el extremo cercano del desfiladero. El lugar era hermoso, silvestre.
Cuando Withers subió una pendiente y llegó a una arboleda de cedros para desmontar ante un bogan, Marian comprendió que su viaje había terminado. Absorta en la contemplación de la Naturaleza, había olvidado su finalidad.